
Al principio pensé que era un sueño. Luego me di cuenta de que no. Lo que aparentemente se había disfrazado de irrealidad, no era más que una revelación. Había encontrado el origen, el pasaporte, la identidad perdida: Me encontraba en el país de los imposibles, como un ciudadano más, como un soñador más, como un utópico más. Pronto me di cuenta de la dualidad de mi ser, a caballo entre lo que es y lo que debería ser y sonreí. Le sonreí a un ser que nacía con una nueva nacionalidad, por primera vez consciente de su identidad.
Así somos los habitantes de este país. Un país que está en la frontera entre el sueño y el deseo, entre la búsqueda y el olvido, entre el anhelo y el rechazo. Porque nos identifica lo imposible, lo que no puede ser, lo que no puede esperarse, lo que no puede amarse, lo que no puede alcanzarse, pero nosotros queremos ser, queremos amar, queremos esperar y queremos alcanzar en nuestro interior. Por eso todo en nosotros es eterno y efímero al mismo tiempo. Nada dura más de una mirada o un pensamiento, pero por esa misma fugacidad, por esa misma insconsistencia, lo más sencillo se perpetúa en el alma y se queda grabado con una huella indeleble, imborrable... y así vamos proyectando nuestros miedos, apagando nuestra sed continua, descubriendo lo que nos descubre y deseando lo que no deseamos en realidad. Si todo esto te parece lógico, o si has vivido siempre en la frontera de lo imposible, ...¡bienvenido! Has llegado a tu país. Has llegado a tu casa.